REQUIEM PARA UN HUMEDAL

 

El lugar era espectacular.

Espacios naturales abiertos,
flanqueada por cerros;
la cordillera al fondo en todo su esplendor.

Tranquilas lagunas,
abundante avifauna silvestre.

En invierno bajaban de la cordillera hasta acá
bandadas de hermosos gansos silvestres llamados Piuquenes.

La enorme y elegante Garza Cuca
se le veía emprender el vuelo
de entre la espesura del totoral.

Una especie de ibis
llamada Cuervo del Pantano
buscaba entre el fango
su alimento.

Una pareja de esos escasos
y albos cisnes coscoroba
nadaban con elegancia.

Multitud de aves acuáticas
de una gran variedad de especies
entre las que abundaban patos silvestres,
taguas, garzas . . . diversidad y belleza por doquier.

Mi hijo Benito (13), cuya afición a las aves
la desarrolló espontáneamente a los seis años,
me mostró no hace mucho en una visita al humedal,
un nido del tamaño de un puño
sostenido casi milagrosamente en un junco
de esa pequeña joya de la naturaleza
llamada siete colores . . . y en plena crianza.

En una pequeña laguna colindante
a uno de los tranques de Batuco
avistamos una Jacana, de la que al parecer
no hay registros en varias décadas.

Todo eso está en gran parte perdido.
Es desolador ver como se muere un humedal.

Recuerdo que hace un año le comentaba
esto a mi hijo:
"Mira bien esta maravilla instalada
en el extremo norte del valle de Santiago
- a tiro de piedra de la ciudad -
porque mucho me temo que,
por negligencia o incultura,
esto no va a dudar mucho."

Habría sido el más feliz
de equivocarme en el augurio.

El problema no es solamente
una pérdida estética,
es una crisis ética
que amenaza nuestra
supervivencia
si no recapacitamos
reconociendo su urgencia.

 

Rafael Rosende
26/04/2005


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